El deseo sexual vs la edad: Un mito que no se cae nunca

Publicado en6 meses hace

Qué tendrá la juventud que nos han hecho creer que es el único territorio legítimo del deseo.
Como si el placer tuviera fecha de caducidad.
Como si a partir de cierta edad el cuerpo se volviera invisible… o inapropiado.

A lo largo de los años —muchos— hablando de sexualidad con mujeres de todas las edades, me he encontrado una escena que se repite más de lo que imaginas.
Cuando cuento que tengo clientas de 70, 75 o más años que disfrutan activamente de su vida sexual, suele aparecer la risa incómoda. A veces incredulidad. O ese pequeño rintintín que no se verbaliza, pero se nota.

Como si el deseo fuera un privilegio reservado a personas de menos de 50.

Y, sin embargo, la realidad que yo veo es otra muy distinta.

 

El deseo no tiene edad, tiene contexto

Muchas de mis clientas más activas, más curiosas, más abiertas al placer están muy por encima de los 65.
Y muchas mujeres jóvenes —muy jóvenes— se han quedado completamente neutras respecto a su sexualidad.

No por falta de cuerpo, sino por presión, desinterés, cansancio, complejos, expectativas imposibles o desconexión emocional.

Por eso siempre insisto en lo mismo:

la sexualidad es, ante todo, un estado mental.
No es solo una cuestión física.
Y, desde luego, no es una cuestión de edad.

 

¿De qué hablamos cuando hablamos de sexualidad?

También creo que parte del problema está en que no nos hemos parado lo suficiente a preguntarnos qué entendemos por sexualidad.

¿Hablamos solo de coito?
¿De orgasmo?
¿De rendimiento?

¿O hablamos de erotismo, de contacto, de piel, de complicidad, de intimidad, de cariño?

La sexualidad tiene matices, sombras, colores.
Y en la madurez, lejos de apagarse, muchas veces se vuelve más rica.

 

Cuando el cuerpo cambia (pero el deseo no desaparece)

Es cierto que el cuerpo cambia. Eso es innegable.

En las mujeres, con los años —y especialmente tras la menopausia— disminuyen los estrógenos, puede aparecer sequedad vaginal, los tejidos se vuelven más sensibles y el orgasmo puede sentirse distinto.

En los hombres, las erecciones pueden tardar más, ser menos firmes y necesitar más tiempo de recuperación.

Pero aquí hay algo importante que la ciencia deja claro y que la experiencia confirma:

estos cambios afectan a la respuesta física, no al deseo en sí.

Lo que suele apagar el deseo no es el envejecimiento, sino la incomodidad no atendida.
El dolor normalizado.
La falta de recursos.
El silencio.

Cuando el cuerpo deja de sentirse confortable, el deseo se retira como mecanismo de protección.

 

Pequeños ajustes que lo cambian todo

Y ahí es donde entran cosas tan sencillas —y tan poco habladas— como:

  • lubricantes de calidad
  • aceites íntimos
  • ritmos más lentos
  • más juego previo
  • más atención a zonas no genitales

No como un “parche”, sino como una nueva forma de relacionarse con el placer.

La cabeza pesa más de lo que creemos

También pesa —y mucho— la parte psicológica.

La mirada que tenemos sobre nuestro propio cuerpo.
Las creencias aprendidas (“ya no toca”, “a mi edad no es normal”).
El miedo a no responder “como antes”.
Las experiencias pasadas que dejaron huella.
El estrés, el duelo, la ansiedad, la tristeza.

En muchas mujeres, el mayor freno del deseo no está en el cuerpo, sino en el diálogo interno.
En lo que se dicen —o no se permiten— sentir.

Cuando acompaño a mujeres en esta etapa, veo algo muy claro:
cuando se reconcilian con su cuerpo real (no con el ideal),
cuando entienden que el deseo puede ser más suave pero más profundo,
cuando dejan de exigirse rendimiento y empiezan a buscar presencia…
algo se recoloca.

 

Menos coito, más intimidad

Además, la sexualidad en la madurez suele liberarse de una obsesión que nos ha perseguido durante años: el coito como centro absoluto.

Aparece otra intimidad.
Más contacto.
Más caricias.
Más conversación.
Más sensualidad cotidiana.
Más erotismo sin presión.

En parejas largas, claro que hay retos: rutinas rígidas, silencios, miedos a decir lo que ya no apetece o lo que sí.
Pero también hay algo muy valioso: historia compartida, confianza y una base emocional que, bien cuidada, puede sostener una sexualidad muy viva.

 

La salud también forma parte del deseo

No quiero dejar fuera otro tema importante: la salud general y la medicación.

Con los años es más frecuente convivir con enfermedades crónicas o tratamientos que afectan al deseo.
Y aquí el mensaje no es “resignación”, sino integración.


  1. Ajustar cuando sea posible.
    Entender que el bienestar íntimo también forma parte de la calidad de vida.

 

Sexualidad como experiencia, no como demostración

Porque, al final, la sexualidad en la edad madura deja de ser demostración y se convierte en experiencia.

Menos prisa.
Menos exigencia.
Más conexión.

Muchas personas descubren en esta etapa algo inesperado:
más autoconocimiento,
más libertad para expresar deseos,
placer más consciente
e intimidad más auténtica.

La sexualidad madura no es una versión menor de la joven.
Es otra forma —profundamente válida— de vivir el deseo.

Y quizá ha llegado el momento de empezar a hablar de ella
sin risitas, sin incredulidad y sin pedir permiso.

- Dina

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